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Me gradué en pedagogía en 1980,y acepté un puesto de educadora profesional para la formación y la enseñanza laboral de jóvenes con discapacidades, para los más insuficientes mentales. Mi trabajo toma un territorio de la Emilia Romana de cerca de 90.000 habitantes.


En nuestra zona, un proyecto financiado por el Fondo Social Europeo, había iniciado la inserción laboral de discapacitados, favorecidos por decisiones sindicales y culturales que en esos años eran muy fuertes. No obstante esto, la administración local se resistía a acoger personas con insuficiencia mental, y quien me había precedido en el servicio para llevar adelante estos proyectos, se había ido, y había destruido las relaciones con las empresas, las escuelas, las asociaciones. Ya nadie creía en los operadores públicos y menos en la posibilidad de trabajar con discapacitados.
Tenía que empezar de cero. Solo la Espiritualidad de la Unidad que trato de vivir, me ha dado la fuerza de tocar todas las puertas para reconquistar la confianza de todos los sujetos involucrados en este delicado proceso de integración.
Tuve que hacer mía la cultura de las fábricas, y del ambientes educativos: relaciones claras y contratos precisos con el dueño, coloquios con los operarios, colaboración de los capataces en la consulta de los proyectos, valoración de sus competencias, entrar en el circuito académico y hacer descubrir a los profesores desmotivados, las habilidades de los chicos y acompañarlos horas y días en el departamento y en la escuela para trabajar a su lado, y descubrir con la alegría de todos, con cada uno, su puesto de trabajo más adecuado.
Al mismo tiempo busqué de acompañar con amor a las familias de aquellos para los cuales no veía la posibilidad de efectuar un camino normal, de compartir sus desilusiones para que aceptara otros caminos, como trabajadores protegidos, etc.
Con dos colegas realizamos una síntesis de estos y otros proyectos (discapacitados motores y sensoriales, por ej.) a través de un video, preparado en 1993, que en un concurso nacional de video, realizado por entes públicos, ganó el primer premio. Supimos después que varios docentes de cursos universitarios de pedagogía y escuelas para educadores lo han utilizado como instrumento de formación.
En este tiempo me comprometí como consultora comunal en mi ciudad, y volví a entrar a trabajar en la neuropsiquiatría infantil, dejando el trabajo anterior. Hacía consultas para las escuelas, siempre para orientar a los adolescentes con desventajas y he promovido proyectos extra-escolares, uniendo todos los recursos posibles de la ciudad para ayudar a las familias en la gestión de sus hijos.
Con estos nuevos compromisos, mi experiencia anterior fue muy preciosa, porque por ej. podía ayudar a la colega neuropsiquiatra que cerrada en un consultorio ambulatorio, no lograba imaginar la realidad sobre la zona, o la enseñanza que en la escuela, no se lograba dar a sus proyectos y respiro amplio, y una perspectiva amplia porque no conocía la experiencia positiva de la integración que no fuese puro asistencialismo.
Sentía que era importante unir estos dos mundos tan distintos, a menudo en competencia, la escuela y los servicios sanitarios públicos, terreno abierto a las desconfianzas recíprocas, con las familias que quizá pagaban las consecuencias. Favorecer esta unidad significaba a veces solo escuchar a la docente (que en Italia es la figura profesional que ayuda a la docente en la clase con alumnos con problemas) y formar a mi colega en lo positivo de su trabajo y viceversa.
En el ’96 un dirigente sanitario de la zona donde trabajo, me confió por mi experiencia en ASL y en el consejo comunal, la tarea de crear un grupo operativo para el apoyo a discapacitados adultos y a sus familias.
Se iniciaba un capítulo nuevo. Pensé en el dolor que las familias en aquellos años me habían expresado porque “luego de 18 años no hay más nada para nuestros hijos”: tenía una nueva oportunidad para aliviar su soledad, sus sufrimientos. Inicié caminos nuevos, nuevos instrumentos para la integración entre lo social y lo sanitario.
Con un acuerdo entre autoridades civiles y responsables locales de la sanidad se inició en 1997 oficialmente una nueva Unidad Operativa para discapacitados adultos de 18 a 60/65 años. Yo fui la encargada responsable, tengo la gestión de los montos destinados a todas las intervenciones y servicios para discapacitados y la coordinación de la programación de los distintos proyectos a nivel local. Esto me ha permitido administrar algo la gestión de los recursos, y para las relaciones de confianza creadas con diversos responsable sociales, y también en reducir gastos a veces a excesivos.
Las familias de los jóvenes que conocí vinieron a buscarme, trayéndome ya sea problemas de hijos crecidos como la sexualidad vivida mal o negada, o con relaciones difíciles. Promoví así dos cursos de autoayuda, ocasión para que estas personas puedan tener un lugar donde poder donar su dolor y encontrar comprensión, solidaridad, también en otras familias. Han nacido relaciones nuevas, de ayuda recíproca.
El juego del amor continúa porque de esto se trata: amar, escuchar hasta el fondo, llevar la unidad donde no existe. Los errores, las caídas y los miedos no faltan, pero constituyen un valor precioso.

Anna María Prandi

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