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Esa serenidad que nadie puede quitarteTengo 25 años y estudio ingeniería electrónica. A la edad de 8 años, debido a una enfermedad que en un inicio se creyó que era un tumor cerebral, quedé con una lesión en el nervio óptico que me redujo notablemente la función visual. Esta experiencia muchas veces me llevó a preguntarme qué es el dolor, pero sobre todo por qué el dolor.

 

A los 11 años, debido al resultado del examen médico, no fui aceptado para realizar deporte a nivel competitivo. Podía practicar cualquier deporte, pero sólo a nivel amateur. Me inscribí en basket; pero al faltarme la visión tridimensional no era buen jugador y los demás se burlaban de mí. También en el colegio, cuando se hacían los equipos para jugar, siempre era el último que elegían porque ninguno me quería con él. Dentro de mí me preguntaba, cada vez más fuertemente, qué era lo que realmente valía en la vida.

¡A 18 años la licencia! Una licencia especial, que tenía que renovar cada dos años, no bastaba saber manejar el automóvil, era necesario saber qué hacen los demás en la calle: no era necesaria la destreza, sino una buena vista. Veía a todos mis amigos “agarrar la carretera e ir”, mientras yo no. Y esto fue realmente duro, y lo es todavía hoy.

Pero había una cosa que me hacía creer en la utilidad del dolor: pensando en Él, en Jesús muerto en la cruz, me decía: “Jesús habría podido encontrar otros mil modos de salvarnos, ¿por qué precisamente la cruz? El dolor debe tener una importancia prioritaria, si no ¡habría resuelto la cosa de otro modo!”.

Pude experimentar que las palabras del Evangelio, si se viven radicalmente, son realmente verdaderas: “a quien me ama me manifestaré, den y se les dará…”. Las veces que logré vivirlas seriamente, pude experimentar que lo que Jesús promete se verifica. Y advertí en lo más íntimo, una serenidad inmensa, silenciosa, que nadie podía quitarme. Esa paz íntima que nace espontánea en esos momentos, me hace creer que Alguien allá arriba me ama y tiene un designio sobre mí. Y las dificultades cotidianas se han convertido en un gimnasio para ejercitar la caridad, la paciencia, la fe, y las otras virtudes.

Después de 15 años, la prótesis que me habían puesto en la cabeza dejó de funcionar porque se había deteriorado. Se sabía que antes o después habría sucedido, pero los médicos tardaron 10 días en entender que era la válvula la que no funcionaba. Mientras tanto mi campo visual se redujo todavía más. Pensaba: Si cada vez que se me obtura la válvula de drenaje, me disminuye la vista en cierto porcentaje, cuando llegue a los 45 años necesitaré un perro… A penas salí de la consulta, después del amargo veredicto, traté de escuchar lo que Jesús quería decirme. Pero dentro sólo tenía un enorme vacío, un silencio cósmico.

Seguí amando en el único momento que poseo, el presente. El sentido de justicia se tradujo en el tratar de hacer algo por los demás: en la universidad, existe una oficina que apoya a los estudiantes que, por problemas objetivos, tienen más dificultades para seguir las clases y estudiar. Más que una oficina para mí es un gimnasio para entrenarme a amar a quien tiene más dificultad. Me dieron una cámara de vídeo y una computadora portátil que me permiten repasar las clases más difíciles, esas para las que no existen textos, o bien si existen, es necesario un profesor que te haga entender plenamente las cosas.

Toda esta experiencia es un gimnasio donde me entreno día tras día en la paciencia, en la mansedumbre, y sobre todo me abre un canal directo a la comunicación con quien sufre. El descubrimiento de Dios como Amor me da la fuerza y la alegría para no encerrarme en el pequeño mundo de mis problemas, sino que me empuja a mirar más allá, hacia el prójimo.

(M. T. – Italia)

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